Escucha Radio Anawim del Señor

domingo 30 de noviembre de 2008

Adviento la espera que no nos defraudara

La palabra adviento proviene del latín y la podemos definir como venida o llegada. El Adviento inicia el período litúrgico que comprende cuatro semanas y que tiene como objeto celebrar la venida del Señor, tanto en su calidad histórica como en la escatológica. Estos dos aspectos entrelazan continuamente sus entonaciones en los textos de este tiempo, aunque en los primeros días se hace más ahínco en su segunda venida, mientras que al final de este período se acentúa más bien la venida de Cristo en su nacimiento humano.
Es importante recalcar que el Adviento no se trata de concebir una leyenda que trate de aparentar que Jesús aún no ha venido a este mundo, e creernos que somos la gente del Antiguo Testamento que esperaba la venida del Mesías. Jesús ya vino hace dos mil años, y con su llegada ha transformado nuestra historia y nuestras vidas. Por medio del Bautismo, somos sus seguidores y hemos recibido su Espíritu para poder continuar su obra. ¿Qué quiere decir que debemos esperar y preparar su venida? Quiere indicar varias cosas: en primer término, significa revivir la venida histórica de Jesús, quiere decir también, echar un vistazo hacia atrás, hacia ese acontecimiento trascendental sucedido hace dos mil años y revivirlo con toda la intensidad. Hacerlo tan presentes en nuestras vidas como si fuese hoy mismo que estuviera sucediendo.
Por eso en el Adviento nos disponemos a celebrar, con toda eficacia ese hecho decisivo para nuestra salvación: Dios se ha hecho hombre, ha venido al mundo a vivir como uno de nosotros, ha entrado en nuestra historia para librarnos del pecado y del mal, ha asumido nuestra naturaleza humana, nuestra carne, y ha hecho de ella vida plena, vida divina. Podemos decir que adviento significa celebrar y abrirse a la venida constante de Dios, de Jesús, a nuestras vidas y a la vida de la humanidad, venida que se realiza ahora, en cada momento. El tiempo del Adviento nos ayuda a tener presente que Dios viene continuamente a nuestras vidas, a través de los sucesos y de las personas con que nos topamos a diario. Todo hombre y toda mujer, todo acontecimiento que acontece es un llamamiento que nos hace Dios, una presencia de Dios por medio de los hermanos que nos interpela.
Finalmente, en el Adviento celebramos una “tercera” venida del Señor: es su última venida, la venida definitiva al final de los tiempos, cuando llegará a término nuestra historia humana y entraremos para siempre en la vida de Dios. Este es el horizonte final de nuestra existencia: compartir con toda la humanidad la vida plena de Dios. Jesús vendrá entonces y transformará definitivamente nuestro mundo y nuestras vidas para que sean para siempre vida de Dios, Reino de Dios.
Algunas actitudes que nos pueden ayudar durante el Adviento. Como nos dice el Evangelio de San Marcos (primer domingo) hay que mantenernos vigilantes en la fe, en la oración. Hay que mantener una apertura atenta y estar disponibles a reconocer los signos de la venida del Señor al final de los tiempos por medio de las circunstancias y los momentos de nuestra vida diaria. La fe nos debe llevar a percibir y reconocer la presencia de Dios en su Palabra Divina, en los sacramentos como signos sensibles eficaces de la gracia, en la asamblea litúrgica y en el testimonio de vida cristiana de cada uno de miembros de la Iglesia. La vigilancia nos debe poner en custodia constante sobre el mal que acecha. De igual forma la vigilancia nos invita a cultivar la confianza en Dios quien vela por nosotros constantemente.
El Adviento es un momento apropiado para vivir intensamente en espíritu de oración. Sin espíritu de oración, todo el camino de esperanza en la llegada del Señor sería una cosa meramente externa en nosotros y no llegaría a nuestro interior. Durante todo el Adviento debemos vivir con nuestro corazón levantado a Dios, para que de esta forma su presencia liberadora y salvadora penetre toda nuestra alma y nuestro ser. Acercarnos más a Dios reconociendo nuestra pequeñez humana ante su omnipotencia y ante su presencia compartir nuestras alegrías, ilusiones, tristezas y sinsabores en nuestra vida. De esta forma, reconocemos que no podemos hacer nada sin Él.
Este es un buen tiempo para vivir en actitud misionera y así hacer presente a Cristo en todas partes. El hombre escudriña anhelantemente su razón de existir. A pesar de los adelantos de la tecnología que ha abierto las puertas a las comunicaciones, el hombre no ha conseguido todavía al coloquio fraternal. Más y más se siente más falto de la comunidad que se establece entre las personas. Los cristianos debemos ser señal viva y latente de fraternidad y comunión, y testigos de Cristo en este mundo que, tentado por los perfeccionamientos tecnológicos y por el humanismo, a veces quiere independizarse de Dios.
Hay que tener muy presente; ¿Quién es el que viene? Y ¿Por qué viene? Amado hermano(a) lector(a) las respuestas a estas preguntas las dejo en tu consideración. Con un corazón limpio e integro salgamos a recibir a nuestro Rey, que quiere venir. Que María quien fue testigo y seguidora fiel de Jesús interceda por nosotros. Que el ejemplo de María también nos sirva de ayuda y nos enseñe el camino para llegar a Jesús.

domingo 23 de noviembre de 2008

La Moralidad Cristiana como estilo de vida

Para hablar de moralidad cristiana es muy conveniente definir algunos términos. De este modo podremos entender mejor de que estamos hablando. Mucha gente piensa que moral y ética es lo mismo. Etimológicamente si pueda que sea lo mismo pero desde un enfoque cristiano hay algunas diferencias en estos términos que vamos a ir explicando.

En primer término hay que definir que es moral. Como suelo decirles a mis estudiantes de catequesis (adultos) ¿con que se como eso? Se le echa un poco de aderezo como una ensalada. La palabra moral viene del latín “morris” y significa costumbres. Ética por su parte viene del griego “Ethos” también significa costumbres. ¿Cuál es entonces la diferencia entre una y otra? Ética es una ciencia (estudio o tratado) de la conducta humana, que basada en la razón natural, ordena los pensamientos y actos hacia el bien tanto personal como el de la sociedad (colectivo o comunitario). La moral es aquella parte de la Teología que estudia los actos humanos, considerándolos en orden a su fin sobrenatural. La moral ayuda al hombre a guiar sus actos, es una ciencia práctica. El hombre necesita de una norma objetiva que le indique lo que debe hacer y lo que debe evitar para poder alcanzar su fin: la salvación. La moralidad es el conjunto de creencias y normas de una persona o grupo social determinado que oficia de guía para el obrar, es decir, que orienta acerca del bien o del mal — correcto o incorrecto— de una acción.

Los actos humanos que se pueden evaluar moralmente son aquellos que el hombre desarrolla con conocimiento, deliberación y libertad. Con la asistencia de la razón y la voluntad libre el hecho se convierte en acto humano como tal. Se evalúa y valora su moralidad sobrenatural porque son los que acercan o alejan al hombre de su posibilidad de alcanzar la vida eterna. Si observamos a nuestro alrededor podemos apreciar que hay distintos tipos de comportamiento en el ser humano. Algunos de estos hacen que este ser creado a imagen y semejanza de Dios pierda la brújula y entre en conductas basadas en postulados morales que están equivocados. La moralidad cristiana es algo que está en el aliento de Dios y esto hace que no haya posibilidad de error cuando se sigue tal como está establecida.

Cuando hablamos de moralidad cristiana de ante mano hemos de suponer que estamos hablando de un plano más alto que todo lo cotidiano en nuestra vida. Pero siendo la moralidad cristiana algo de mayor trascendencia el modo que Dios nos ha dejado para entenderla suele ser muy viable a nuestro conocimiento humano. En los párrafos a continuación quiero desarrollar una serie de puntos sobre los cuales debe estar fundamentada nuestra moralidad cristiana.

En primer lugar la moralidad cristiana debe ser una respuesta. Una respuesta rotunda y definitiva al Amor de Dios. San Juan en primera carta (ver capítulos 4 & 5) nos da una catequesis sobre el amor de Dios para con nosotros. Si a una conclusión infalible podemos llegar es que Dios es Amor. Yo se que en muchas ocasiones nos hemos preguntado; ¿cómo Dios nos ama? Como suelo decir en mis clases (charlas, temas, etc.) Dios nos ama graciosamente… o sea por medio de la Gracia. San Pablo nos da unas pistas sobre esto en su carta a los Efesios; pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo – ¡ustedes han sido salvados gratuitamente!– y con Cristo Jesús nos resucitó y nos hizo reinar con él en el cielo. Así, Dios ha querido demostrar a los tiempos futuros la inmensa riqueza de su gracia por el amor que nos tiene en Cristo Jesús. Porque ustedes han sido salvados por su gracia, mediante la fe. Esto no proviene de ustedes, sino que es un don de Dios; y no es el resultado de las obras, para que nadie se gloríe. Nosotros somos creación suya: fuimos creados en Cristo Jesús, a fin de realizar aquellas buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos (Ef. 2, 4 – 10).

Por otro lado, tenemos que tener muy presente que el Amor de Dios es sumamente poderoso y transformativo a la misma vez. El libro del Éxodo (Ex. 3, 7 – 8) nos muestra eso poderío en cuanto al Amor de Dios se refiere. Este libro del Antiguo Testamento nos narra como Dios escucha, actúa, libera y transforma la situación de esclavitud de su pueblo escogido a una llena de grandes compensaciones. De igual forma, cuando leemos la historia del buen ladrón crucificado al lado de Jesús (Lucas 23, 39 – 43) podemos apreciar ese amor incondicional de Dios para con nosotros sus hijos. El Amor de Dios no es algo pasivo por el contrario es un “verbo” o sea una constante acción. Es por esta razón que mi amor hacia Dios lo tengo que demostrar por medio el amor a mi prójimo por medio de la caridad fraterna. La caridad es el amor hecho acción.

Hemos de entender la moralidad cristiana como vida en el Espíritu. El Espíritu Santo tiene la fama de ser el olvidado a lo largo de la historia de la Iglesia. Sin embargo, tanto el Concilio Vaticano II como el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) han tratado de corregir esta situación. El CIC nos detalla con toda claridad que somos parte de esa fuerza; “La persona humana participa de la luz y la fuerza del Espíritu divino. Por la razón es capaz de comprender el orden de las cosas establecido por el Creador. Por su voluntad es capaz de dirigirse por sí misma a su bien verdadero. Encuentra su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien” (cf. GS 15, 2) (CIC # 1704).

Estamos llamados y autorizados a continuar la misión y el ministerio de Jesucristo en nuestro diario vivir. Es el Espíritu de Dios quien hace que este llamado sea posible. “Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Romanos 5, 5). Nuestra fe nos invita a creer al mismo tiempo que recibimos el don del Espíritu Santo recibimos también el Espíritu de Jesucristo. Si la misión y ministerio de Jesús en la tierra fue reconciliar, interceder, sanar, perdonar y amar (entre otras) entonces nuestras vidas deben centrarse en esas mismas cosas. Hay que notar que es el Espíritu Santo quien nos comunica que Cristo ha resucitado de entre los muertos.

Visualizar la moralidad cristiana como vida sacramental es muy importante. El Bautismo nos llama a morir y a resucitar. A morir al pecado y a resucitar a la vida de la gracia divina. Cuando logramos esto adquirimos una fuerza especial por parte de Dios y somos incorporados al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Por el Bautismo somos renovados en el Amor y la Gracia de Dios. Es por medio del Bautismo que recibimos el Espíritu Santo y sus dones (virtudes teologales etc.). La incorporación en el Cuerpo de Cristo (Iglesia) es una invitación – un reto – a reconocer nuestra unidad esencial con unos a los otros. Unidad que significa sobrepasar las divisiones de nacionalidad, cultura, raza, y/o género. Esta definición de unidad es en cierta medida tanto una realidad presente como futura esperanza.

Tanto el Concilio Vaticano II como el CIC nos enseñan que la Eucaristía (= Acción de Gracias) es la fuente y eje central de la vida cristiana. Al finalizar la liturgia eucarística (Santa Misa) se nos envía a servir y ministerial (administrar) viva y latentemente a Cristo en este mundo (diario vivir). Si entendemos que el sacramento es un signo sensible y palpable (que podemos ver y/o sentir) eficaces (que me confiere) de la gracia, instituidos por Cristo para la salvación del hombre; mi vida sacramental tiene que ser signo vivo de mi proceder en la vida. La Eucaristía no es un premio para los que han llegado, pero si es alimento (pan de vida) para los que están en el constante caminar de esta vida cristiana.

La moralidad cristiana debe ser participación activa en la construcción del Reino de Dios. La meta de todas mis convicciones cristianas debe ser el Reino de Dios. Jesús citando al profeta Isaías nos da unas pistas sobre el Reino de Dios. “El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido para llevar buenas noticias a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos y a los ciegos que pronto van a ver, para poner en libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor” (Lucas 4, 18 – 19). Podemos también encontrar otras pistas sobre el Reino en Juan 18, 33 – 36 donde nos deja claro que no es un reino de este mundo. De igual forma, en Marcos 10, 45 donde nos indica que es un reino de servicio.

Mi vida moral cristiana debe ser una participación activa de servicio conforme a la Palabra de Cristo en la construcción del Reino de Dios. Ahora bien, teniendo en cuenta que es un Reino que no es de este mundo (aunque se inicia aquí en esta vida) y que su finalidad es el servicio por medio del amor la participación activa de este Reino requiere humildad. Nos toca hacer y dar respuestas a preguntas como estas; ¿quiero vivir como Cristo vivió? ¿Estoy dispuesto a seguir a Cristo hasta el extremo? ¿Qué estoy disponible a hacer por los demás? ¿Estoy dispuesto a dar mi vida como Cristo la dio, si fuese necesario? ¿Qué valor tienen el sacrificio, la entrega y el amor (caridad) en mi vida cristiana?

Que el Amor de Dios guiado por el Espíritu Santo renueve cada día nuestra vida sacramental para que nuestra participación de servicio en la construcción del Reino de Dios sea cada vez más activa. Que así nos ayude Dios.


Nota: Si quieres ver más información sobre ética y moral puedes ver los siguientes enlaces:
-
Ética & Moral (compendio)
-
http://catequesisdeadultos.org/etica.aspx

Catequesis de Adultos

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