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El Evangelio Meditado

02/24/2009

El Reino de Dios como meta de la moralidad cristiana

Había una vez un jardinero que poseía el mejor jardín de la vecindad. Su vecina ponderaba todos los días la hermosura de este vergel. Y le decía constantemente que Dios y el jardinero tenían el jardín más bello en la comarca. A lo que el floricultor solía darle las gracias. Una tarde combinada de calor ardiente y humedad de verano la señora le brindo el acostumbrado elogio. Esta vez el jardinero detuvo su tarea y le contestó; con todo el respeto que usted se merece, déjeme decirle algo, mi querida señora. Puede que este sea un reluciente jardín, porque ahora lo tenemos Dios y este servidor. Sería preciso que viera el enredo cuando lo tenía solamente Dios. Cuando Jesús comenzó a predicar y anunciar el Reino de Dios no se quedo solo con el sino que nos invito a que fuéramos sus colaboradores.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que el Reino de Dios es un reino de justicia, amor y paz. Las convicciones cristianas del reino de Dios están basadas sobre la fe de Israel. Podemos examinar el pasaje bíblico en el libro del Éxodo (3, 7 – 10) que expone las bases para creer en el reino. La fe judía sobre el reino de Dios comienza aquí. No es solo que Dios nos escuche sino que Dios mismo se preocupa por cuidarnos. Más aun Dios está dispuesto a envolverse y estar con nosotros para actuar en nuestro favor. Nótese que esta historia expresa la fe de Israel acerca como Dios actúa (aunque no de forma directa sino por medio de Moisés) para liberar a Israel.

¿Qué y cómo los cristianos creemos sobre el reino de Dios? El evangelio de San Lucas nos explica como Cristo inauguro el anuncio de la Buena Nueva haciendo suyo el pasaje de Isaías (CIC # 714); “El Espíritu del Señor está sobre mí,18 porque me ha consagrado por la unción. 18 Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres,18 a anunciar la liberación a los cautivos18 y la vista a los ciegos,18 a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 18 – 19; cf. Is 61, 1-2). Estas palabras de Jesús citando al profeta Isaías son una profunda proclamación de la fe cristiana acerca de Jesucristo. Los cristianos afirmamos que el amor de Dios y su presencia salvadora estuvo presente en el pueblo de Israel, pero creemos también que Dios envió a su único Hijo para estar con nosotros renovando y expandiendo ilimitadamente este sentido de salvación.

El Reino de Dios ha sido establecido (aunque no finalizado) de una manera definitivamente nueva. Esta creencia ha sido capturada muy bien por el evangelista San Marcos (1, 15) cuando nos dice; “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia.” Esta frase Reino de Dios para el cristiano significa que por medio de la acción redentora (muerte, pasión y resurrección) de Jesucristo se dio la definitiva victoria de la gracia sobre el pecado, de justicia sobre la opresión y más dramáticamente victoria de la vida sobre la muerte. Se debe notar que la fe cristiana contiene esta victoria, que el reino simplemente comienza; y finalizara según el designio del mismo Dios. Solo hay que leer los periódicos para recordarnos que el pecado, la opresión y la muerte siguen con nosotros. A pesar de todo esto los cristianos seguimos esperanzados en la completa victoria de Cristo y del Reino de Cristo.

La moralidad cristiana tiene que caracterizarse por una activa participación en continuar la obra de Cristo de la construcción del Reino de Dios. Como cristianos y bautizados estamos llamados a continuar la obra redentora de Cristo aquí en la tierra. Cada quien lo hará desde su estilo de vida, sea cual sea. Para esta obra no hay distinción ni posiciones especiales (como sucede en la sociedad) todos somos parte del mismo Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. La participación en la cimentación del reino requiere ante todo humildad con un sentido de urgencia. Esto no quiere decir que actuemos en falsa humildad diciendo que como es mucho para mí que lo haga otra persona. La genuina humildad es la virtud que nos permite ser tal como somos sin pretensiones. Si Dios me da el talento de barrer voy a barrer, si me da el talento de cantar voy a cantar, así sucesivamente.

Hubo algunos filósofos y pensadores contemporáneos que criticaron a la Iglesia porque según ellos los cristianos nos enfocamos más en las cosas del otro mundo y no suficiente en las de este. Este tipo de críticas tuvieron un gran impacto en la Iglesia ya la Iglesia Católica y otras iglesia Cristianas comenzaron a brindar asistencia social para combatir la pobreza, la opresión y las injusticias. Con el Papa León XIII se comienza lo que conocemos como la Doctrina Social de la Iglesia al escribir su encíclica Rerum Novarum (Sobre la condición de los trabajadores). Juan Pablo II cien años más tarde de igual forma prestara atención a la cuestión social llamando a los cristianos a colaborar y desarrollar gestiones en beneficios de los más marginados y necesitados. De esto se trata en reino de Dios (leer Lucas 4, 18 – 19) porque la fe sin obras es fe muerta como nos enseña el apóstol Santiago en su carta. No podemos olvidar de orar, al Espíritu Santo en especial para que aliento nos de fuerzas y nos permita trabajar con mayor dedicación por la edificación del Reino de Dios.
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