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07/04/2010

María eco perfecto del discipulado de Cristo

Quien lee en los evangelios los textos que nos hablan de María podría decir que sus función como discípula de Cristo fue la más humilde y hasta la más insignificante. Esta doble aseveración es cierta e incorrecta. Es cierta porque sin duda alguna María fue la más humilde de todos los discípulos del Señor. Pero es incorrecta porque de ninguna forma se podría decir que Maria como discípula de Cristo es insignificante o superficial. Las Escrituras presentan a María como una discípula cada vez mayor en espiritualidad y con una gran maduración humana. Vamos a ver eso a través de lo que dice el Nuevo Testamento acerca de ella. Ella también como su Hijo, crece en sabiduría, edad y gracia conforme pasan los años. Su discipulado, como el nuestro, es un crecimiento normal, dinámico en venir a conocer, amar y seguir a su Hijo, Jesús. Ella es una mujer de fe que puede servir de ejemplo; no es una mujer inalcanzable ideal en un pedestal.

Si uno se pregunta lo qué hizo María al concebir a Jesús, la respuesta es simple: hizo un acto de fe. Y el Verbo se hizo carne (Jn. 1, 14). La fe de María como discípula fue la razón de su maternidad. Ella escuchó la palabra de Dios y respondió a ella, la mantuvo y la celebró una y otra vez en su corazón (Lc. 2, 19; 2, 51). Su discipulado comienza con el evento y la ocasión llena de gracia de la Anunciación. Este vocación (de ser discípula) seguirá creciendo a medida que ella aprende el costo del discipulado en el seguimiento de Jesús. Llevará consigo el reto de que como Jesús se convierten en odiados y perseguidos. Este reto será perfeccionado en la muerte en la cruz mientras le es confiado el discípulo amado (y por ende a toda la Iglesia), y al discípulo a María su Madre, (Juan 19, 25-28). El mismo que María le dijo a Dios (al decirle al ángel) se lo vuelve a decir (aunque sin palabras) a Jesús en la cruz. Esta es la prueba de que me María no nos deja huérfanos ella sigue cuidándonos e intercediendo por cada uno de nosotros.

María, la primera discípula, recibió una revelación y llamado personal, respondiendo con generosidad, soportando el dolor y sin detallar lo que cuesta. El discipulado en el Evangelio de San Mateo es un llamado de Dios, que es exigente. El sufrimiento está involucrado a un reto tan extenuante de Dios y nosotros, como a toda una comunidad, estamos convocados a la obediencia y la dedicación completa a la voluntad del Padre. En este evangelio, el discipulado incluye la revelación personal que nos da el cumplimiento de las promesas que hizo a nuestros antepasados en la fe, especialmente a Abraham, Sara, y a Moisés. La vocación al discipulado es totalmente gratuito y nuestra respuesta debe ser como la de los primeros discípulos (Pedro, Andrés, Santiago y Juan), debe ser inmediata y total. Es en este evangelio que encontramos esta llamada especialmente difícil, incluso Jesús dice: "Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos" (8, 22). El Padre William Thompson, S.J. resume este reto: "Cuando un discípulo experimenta un conflicto de lealtades entre Jesús y su propia familia, debe optar por seguir a Jesús" (La Biblia de hoy [The Bible Today], 19 de enero de 1981, p. 18).

María, la primera discípula, siempre está al cuidado de la comunidad (la Iglesia) de los discípulos de Jesús. La plenitud de la vida Jesús es ahora recibida por los dos discípulos de pie bajo la cruz. María y el discípulo amado representan a todos nosotros como testigos del comienzo de la comunidad: la Iglesia es sacada de la cruz y del agua vivificante que brota del costado de Cristo (el bautismo) y su sangre, lo que representa la Eucaristía. Estos dos discípulos son símbolos de la llamada al discipulado perfecto, que alcanza su mayor demanda en el contexto de la comunidad y el cuidado y preocupación que tenemos por los demás. María, como discípula agraciada, se presenta siempre en términos de su relación con la comunidad -- ya sea para la comunidad de Israel y su cumplimiento en Jesús en Caná, o para la comunidad cristiana y su cumplimiento en el Calvario por la donación (que hace Jesús) de María a el discípulo amado (y con él la Iglesia). La intimidad, el amor, la comunidad y la participación mutua son presentados en el evento al pie de la cruz. El discipulado comenzó como una nueva creación de Caná a través del signo del agua convertida en vino, mientras que en Calvario se convierte en el evento del compromiso de amor que el Espíritu de Jesús da su madre y a el discípulo amado.

María, la primera discípula, es una mujer de oración. Dos de las características del discípulo es que es una persona que está cerca de Jesús y que le segué. Esta cercanía se produce sobre todo a través de una actitud de oración y unión con el Señor. Esto lo vemos en el Evangelio de Lucas: "Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos" (Lc. 11, 1). Sabemos que oración Jesús les enseñó: el Padre Nuestro. Tal vez lo que no recordamos es que Lucas es el evangelista que enfatiza que la oración está en el corazón del discipulado al que estamos llamados. Si las renuncias que exige este discipulado se entienden y se aceptan, debemos tener la habilidad para orar y no desalentarnos, debemos tener la valentía y el coraje de perseverar. La imagen lucana de María es de un discípulo perfecto precisamente porque ora. Ella es testigo de la oración en el Evangelio al igual que Jesús.

Lucas presenta a María como mujer y como discípulo de la oración de tres formas. En primer lugar, María es una persona que articula las promesas de Dios hecho a su pueblo. Su articulación se deriva de las palabras inspiradas de las Escrituras hebreas que forman el núcleo de su himno alabando a Dios (el Magnificat: Lc. 1, 46-55). En segundo lugar, María reza a través de su profunda reflexión sobre los acontecimientos en los que está involucrada en el misterio de la historia de la salvación (la Anunciación, el nacimiento de Jesús, la presentación en el templo, y el hallazgo en el templo). Lucas usa esta frase para expresar este segundo modo de su oración: "Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón" (Lc. 2, 19). Y unos doce años más tarde, al final de la escena en que Jesús se encuentra en el templo, ella es presentada de nuevo por el evangelista como rezando de esta manera reflexiva: "Su madre conservaba estas cosas en su corazón" (Lc. 2, 51). Por último, una tercera forma de su oración -- la oración en y para la comunidad -- se encuentra en Hechos de los Apóstoles: "Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos" (1, 14).

María, la discípula feliz, es una bienaventuranza en la acción que compartió Jesús con los demás. Hemos visto a María con los ojos de los evangelistas como una mujer que siempre fue fielmente libre como un discípula de Jesús. Como con solo un llamado de Dios nos brinda un claro ejemplo de discipulado. A diferencia de Pedro, ella no titubea o vacila, sin embargo, ella es tan real y humana como él (Jesús). Ella nunca es puesta en un pedestal por los evangelistas, sino que surge como una fiel discípula.
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