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El Evangelio Meditado

08/11/2013

La Santidad…


¿Es cosa del pasado la santidad?  ¿Podemos vivir en estos tiempos la santidad?  Estas y otras preguntas similares suelen ser preguntas de casi todos los días para los cristianos.  “Los santos del pasado” son santos del ayer cuando olvidamos que fueron testimonio vivo de Cristo para la Iglesia y para el mundo.  El poder conocer y recordar la vida de los santos nos debe alentar a vivir “la-mejor-versión-de-nosotros-mismos” (o sea la santidad) como dice el autor católico Matthew Kelly.
Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios.   Podemos decir sin temor a equivocarnos que Dios es la Santidad en todo el sentido de la palabra.  ¿Qué es la santidad?  La palabra santidad viene del hebreo “Kiddushin” y esta significa literalmente “sacar aparte de.”  El Templo de Jerusalén estaba aparte de los demás edificios.  La clase o casta sacerdotal (del Antiguo Testamento) estaba aparte de las demás profesiones y oficios de ese entonces.  De igual forma, los cristianos por medio de las aguas bautismales y las gracias que esta produce somos sacados aparte de este mundo y su influencia pecaminosa.   
Además esta palabra “Kiddushin” es usada también para concepto de boda o esponsales.   Kiddushin es la santificación o dedicación, también es llamado “erusin” (compromiso), la primera de las dos etapas del proceso de la boda judía.  Es muy interesante visualizar la relación nupcial de Dios para con su pueblo elegido (Israel) y de Jesús Cristo con la Iglesia.  El matrimonio implica una relación amorosa donde ambos se dan oblativamente.  Es precisamente como este tipo de relación (amorosa) que se debe vivir la unión entre Dios y el hombre.  Esto se traduce en  vivir santamente.
El que seamos imagen y semejanza de Dios implica que la santidad es parte fundamental de nuestra vocación y llamado que Dios nos hace para ser cristianos.  Claro está,  que la santidad supone mucho más que el significado etimológico (origen de las palabras) o el significado literal.  La santidad implica justicia, paz y amor para con Dios y el prójimo.  Esto lleva consigo que la santidad debe tener como meta la completa perfección que solo podemos visualizar en el mismo Dios.   Por eso decimos (por ende la Iglesia) que como bautizados, como hijos de Dios y como cristianos todos participamos de la Santidad de Dios.  Siendo Dios la fuente inagotable de la santidad.
El esforzarnos por vivir en la santidad requiere de varias cosas fundamentales.  Primero, tenemos que llevar una vida de oración.  Cuando no tenemos algo y lo queremos lo primero que hay que hacer es pedirlo.  Segundo, debemos nutrirnos y curarnos con los sacramentos, en especial con la Eucaristía y la Reconciliación.  Los sacramentos son los signos y medios por los cuales Dios nos concede tanto la gracia santificante como la sacramental.  Tercero, es muy recomendable tener un director espiritual.  El ser humano con su trayectoria emocional (y espiritual) es muy complicado.  Un buen consejo, una buena guía espiritual nos vienen muy bien. Y cuarto, orar más, mucho y mucho más durante todo el itinerario cristiano.  
El hombre (la persona) santo en la Biblia es llamado justo.  “José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto” (Mateo 1, 19).  “Cuando los justos están en el poder, el pueblo se alegra; cuando domina un malo, el pueblo gime” (Proverbios 29, 2).  El hombre justo en la Palabra de Dios (Antiguo & Nuevo Testamento) es aquel que se une cabalmente a la voluntad de Dios.  “Y creyó Abram a Yavéh, el que lo tuvo en adelante por un hombre justo” (Génesis 15, 6).  Podemos decir que Abraham y José fueron varones justos (santos) a la manera de Dios.   Para que nuestra vida sea justa y equitativa tiene que serlo tal como lo es Dios.  Porque la justicia (paz y amor) de Dios es la única que nos lleva a la magnificencia, tal como lo es el mismo Dios.
Hay que recordar que la santidad para el cristiano se convierte en sinónimo de perfección.  “Sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo” (Mateo 5, 48).   Vivir en santidad es vivir en el Espíritu de Dios porque es el mismo Espíritu Santo quien ora por nosotros y obra en nosotros.  Muchos teólogos definen al Espíritu Santo como la fuerza de amor perfectísima entre el Padre y el Hijo.  Por ende podemos decir que Dios quien es Santidad absoluta y plena obra en nosotros (nuestra alma) para que esa santidad navegue en el océano infinito de la Gracia y/o el Don de Dios en nuestras vidas.
También hay que tener en cuenta que Dios no llega y no entra donde Él no sea querido.   Dios respeta nuestra libertad.  Aunque vamos a ir notando que durante el transcurso de nuestras vidas Él por medio de personas nos invita a conocerle, amarle y seguirle.  Si de algo Dios no ha de cansarse, es invitarnos a que lleguemos ante El.  Debemos preguntarnos: ¿Cómo nos invita Dios? ¿Qué instrumentos suele usar?  Pero más que nada nos debemos preguntar: ¿Estoy y estamos dispuestos a responder al llamado (invitación) de Dios?
María que es la Madre de Dios y de la Iglesia interceda por todos nosotros sus hijos para vivir “la-mejor-versión-de-nosotros-mismos” como ella (por la gracia y don de Dios) supo hacer.   El Dios que es todo Amor nos guié por medio de su Espíritu Santo dándonos todos sus dones (carismas) y frutos para poder cumplir fielmente nuestro compromiso bautismal.  
¡Que así nos ayude Dios! Amén. 

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