Anawim Ministry Inc. (Ministerio Anawim Inc.)

Curriculum y Historial de Pastoral

CdeA (Catequesis de Adultos)

15 sep. 2012

La Eucaristía Centro de la Vida Cristiana

Hay muchas formas en la que podemos visualizar reflexionar el misterio de la Eucaristía.  De igual forma, podemos decir que hay muchísimos libros sobre el Sacramento de la Eucaristía como para llenar los estantes de nuestras bibliotecas.  Hoy quisiera enfocarme y reflexionar en varios puntos sobre la Eucaristía.  Primero, disertar en varias formas de la presencia de Cristo en este admirable sacramento.  Segundo, quisiera dividir la Misa en varias partes poco común para los cristianos (y para los no cristianos también).  Estas son el congregarnos o convocación (= llamados juntos), el escuchar, el compartir y el ser enviados.

La Iglesia nos enseña por medio de la Constitución de la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II que Cristo esta presente en la Eucaristía de distintas formas: Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, ‘ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz’, sea sobre todo bajo las especies eucarísticas… Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: ‘Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos’” (Mt., 18,20) (# 7).
La Instrucción General Del Misal Romano resume esta enseñanza de forma más concisa: “Pues en la celebración de la Misa, en la cual se perpetúa el sacrificio de la cruz, Cristo está realmente presente en la misma asamblea congregada en su nombre, en la persona del ministro, en su palabra y, más aún, de manera sustancial y permanente en las especies eucarísticas” (# 27).  Es por eso que en la celebración eucarística debemos prestar la debida atención a cada una las maneras en que Jesucristo nos revela su presencia en la celebración.
La Santa Misa da inicio convocándonos a todos los bautizados en asamblea (o sea iglesia) como Pueblo de Dios en un determinado tiempo (domingo = día del señor) y en determinado lugar (templo, parroquia, capilla, etc.).  Cristo cumpliendo su promesa que donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mateo 18, 20) nos revela su presencia en medio de la asamblea.  La presencia de Cristo en medio de la asamblea de los fieles es de fundamental importancia para poder entender propiamente lo que es la Eucaristía. Por medio de las aguas bautismales comenzamos a ser miembros del Cuerpo de Cristo.  Cuando este Cuerpo, el cual ha estado disperso durante la semana, se acerca junto para dar culto, hacemos al Cuerpo de Cristo visible.  Nos saludamos unos a los otros en nombre de Cristo (con un “Dios te bendiga” o saludos similares) reconocemos (y debemos reconocer) el rostro de Cristo en aquellos que se reúnen con nosotros.  La presencia de Cristo en su Cuerpo, la Iglesia, es crucial para poder entender el Misterio de la Eucaristía y el propósito fundamental de la Misa.
Ya la Misa comenzó, el canto de entrada que nos debe ayudar a asumir una actitud (o compostura) propia para la celebración.  Al igual que nos encamina a tema que la liturgia nos esté proponiendo para esa ocasión.  Como en toda reunión o encuentro nos saludamos.  Este saludo comienza invocando a la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y acto seguido una salutación de parte del celebrante (presbítero u obispo) como estas: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan (o estén) con todos ustedes” (2Cor. 13, 13); “Que la gracia y paz de Dios nuestro Padre y de Cristo Jesús nuestro Señor esté con ustedes” (Gal. 1, 3).  Estas salutaciones sin duda alguna son mas significativa que un hola o un buenos días. Estas también son un muy buen ejemplo de como nuestros textos litúrgicos con mucha frecuencia están tomados de la Biblia.
La Liturgia de la Palabra es la parte más directa de la Misa.  Esta consiste en tres lecturas (dos en semana) donde el leccionario nos presenta una lectura del Antiguo Testamento (Hechos de los Apóstoles en Pascua) una del Nuevo Testamento (Cartas paulinas o católicas) y el evangelio seguido por una homilía.  Aun el más completo de los extraños puede reconocer que este tiempo en la Misa es tiempo de proclamación y escucha.  Mi abuelo solía decir: “oímos distraídos, escuchamos con atención.”  No es lo mismo oír que escuchar, esta última requiere atención y concentración.  La Palabra de Dios tiene el propósito de tocarnos y cambiarnos.  Pero para que esto sea posible es necesario escuchar atentamente con unos oídos abiertos y un corazón abierto.  Cuando esto sucede le estamos dando reverencia a Cristo que es la Palabra (Verbo) Encarnado.  Por eso necesitamos escuchar cuidadosamente para reconocer que mensaje Cristo tiene para nosotros.
Juan Pablo II en su Carta Apostólica Deis Domini (El Día del Señor) nos habla elocuentemente sobre la Liturgia de la Palabra: “No se ha de olvidar, por lo demás, que la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios, sobre todo en el contexto de la asamblea eucarística, no es tanto un momento de meditación y de catequesis, sino que es el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las exigencias de la alianza. El Pueblo de Dios, por su parte, se siente llamado a responder a este diálogo de amor con la acción de gracias y la alabanza, pero verificando al mismo tiempo su fidelidad en el esfuerzo de una continúa ‘conversión’” (# 47).  Como hemos mencionado antes, la Liturgia de la Palabra es tiempo de escucha.  Quien nos visita en una Misa por primera vez puede quedar confundido cuando ve que la asamblea esta leyendo (en el "missalette” o pequeño misal) al mismo tiempo que el lector estar proclamando la Palabra de Dios.  Esto hace que perdamos el objetivo de la Liturgia de la Palabra que es el escuchar atentamente sin distracciones.  Para eso es recomendable que leamos (y reflexionemos) previamente las lecturas de la Misa.  De esta forma, estaremos más familiarizados con las lecturas. 
La homilía (o predicación) también es parte de la Liturgia de la Palabra y por lo tanto requiere mucha atención al escuchar.  Esta nos ayuda a entender los contextos (históricos de la época, y el contexto actual) de la Palabra de Dios.  El predicador (ya sea el obispo, sacerdote o el diacono) ha de aplicar los Textos Sagrados (palabra bíblica antigua) y conectarla a nuestra vida diaria de nuestros tiempos.  No es necesario recordar todas las ideas que nos propone la homilía (por ende la Palabra de Dios).  Lo que si es necesario recordar y meditar en aquellos puntos que tocan nuestro ser para producir la conversión en nuestras vidas.  Las Sagradas Escrituras nos hablan tanto de forma personal como comunitaria.  La función del predicador es ayudarnos a entender ambas dimensiones de la Palabra de Dios.
Después de la oración de los fieles comienza la Liturgia Eucarística con la preparación de las ofrendas.  Dios no nos da de lo que le sobra, por contrario nos da de lo que tiene.  Dios es amor y nos da todo su amor.  En esta etapa del compartir debemos recordar que la(s) colecta(s) (para nuestras parroquias, para la diócesis y para la Iglesia “universalmente”) no debemos dar de lo que sobra.  Dios nos da bienes con amor, demos (compartamos) entonces con amor (y generosamente).  Con la colecta van el pan y el vino que se brindan como ofrendas de amor para sostener a la Iglesia en sus necesidades.  La colecta nos sostiene económicamente pero el pan y el vino nos van a sostener espiritualmente más aun importante que la primera.
En esta etapa del compartir el celebrante a nombre de la comunidad eclesial reza una oraciones para dar gracias, bendecir y presentar a Dios esas ofrendas (pan y vino) que van a ser usadas para el sacrificio pascual en la Misa.  Si estamos atentos en la Celebración Eucarística vamos a ver que una vez el vino es puesto en la copa (cáliz) el celebrante pone una gotas de agua en el cáliz.  ¿Qué significación y simbolismo tiene este gesto?  Históricamente hablando hay que decir que el vino era diluido con agua para que no fuera tan fuerte.  Los primeros cristianos continuaron usando esta práctica en sus celebraciones de la Cena del Señor.  Para nuestros hermanos de ritos orientales (católicos y ortodoxos) esta combinación del vino con el agua representa la unión de Cristo con sus fieles.  Para los cristianos de occidente el mesclar el vino con el agua representa las naturalezas humana y divina de Jesucristo.  Ambas creencias tienen y hacen sentido lógico.  Es muy interesante lo que el celebrante reza en silencio en este momento de la Misa: “Por el misterio del agua y el vino, que podamos compartir la divinidad de Cristo, quien humildemente compartió nuestra humanidad.” Profundizar y meditar estos simbolismos es algo que podemos hacer para poder vivir mejor estos misterios sagrados.
Después de la Oración Colecta u oración sobre las ofrendas comienza la Plegaria Eucarística, esta podemos decir que es el corazón de la Misa.  Esta se deriva de antiguas oraciones judías llamadas “berakah.”  “Berakah” significa bendiciones y aparecen en dos formas.  La primera informal bendiciendo (alabanza y agradecimiento) a Dios con una simple invocación “bendito seas tu, Señor de la creación”  añadiendo después la razón de la oración “porque nos has dado…”.  La segunda “berakah” es formal y comienza de la misma forma, pero la razón es más extensa incluyendo la historia de la salvación.  Nuestra Plegaria Eucarística contiene una estructura bien similar a la “berakah” formal.  Esta tiene una invocación introductoria de alabanza y agradecimiento “demos gracias al Señor, nuestro Dios”  recogiendo esta el extraordinario trabajo de Dios, especialmente en Jesús.  Esta también ofrece peticiones y concluye con la doxología “con Cristo, con el y en el…”.  La Plegaria Eucarística IV nos ofrece un buen claro ejemplo de esta estructura, pero todas las Plegarias Eucarísticas siguen y contienen estos mismos elementos.  El paralelismo con la “berakah” nos recuerda que estas son grandiosas oraciones de acción de gracias y verdaderas formas eucarísticas de oración.
Después del santo, santo, santo retomamos o continúa la Plegaria Eucarística con su memorial (o anamnesis en griego) por lo que Dios ha hecho, enfocándose en la obra redentora de Jesucristo incluyendo en relato de la Última Cena.  Más que una mera remembranza la anamnesis envuelve la actual presencia de la obra salvadora de Dios en nuestras vidas.  Esto es de vital importancia para comprender el sacrificio de la Misa.  El sacrificio de Cristo consiste fundamentalmente en la total entrega de Jesús a la voluntad del Padre Dios.  Esta entrega sin límites se ve reflejada en la oración de Jesús en Huerto del Getsemaní.  Esta entrega de Jesús se ha manifestado históricamente en la muerte y resurrección de Jesús (como los demuestran los testigos oculares del Nuevo Testamento).  Esto (la entrega voluntaria de Jesús) trae como consecuencia la permanente unión con la voluntad del Padre.  Por ende Jesús es eternamente sacerdote (El Señor lo ha jurado y no se retractará: ‘Tú eres sacerdote para siempre, a la manera de Melquisedec’” Salmo 110) y victima siendo así un sacrificio eterno.
Pasamos al Rito de la Comunión donde se pronuncian las palabras (rito) de la institución de este sacramento conocidas como el Canon de la Misa (Mateo 26, 26-29).  El primer de los mandamientos de la ley de Dios nos dice: amarás a Dios sobre todas las cosas” a lo cual Jesús en el evangelio le añade “y al prójimo como a ti mismo” en esto estriba el fundamento de toda la ley y los profetas.  Al recibir la Sagrada Comunión y la Sagrada Sangre de Cristo la Iglesia nos recuerda (y la vez invita) que para estar en plena comunión con al Iglesia (y con toda la creación) hay cumplir a cabalidad este primer mandamiento.  En la oración del Padre Nuestro a la cual se le llama la oración perfecta por excelencia (esta contiene 7 peticiones, el numero siete bíblicamente hablando significa plenitud y perfección).  En esta pedimos el pan de cada día, muchos pensarían que solo se refiere al pan del alimento corporal.  Pero si profundizamos nos podemos dar cuenta que no solo es el alimento corporal (el cual nos sostiene) sino también el alimento espiritual para sostener la vida espiritual.  La comunión se expresa en la intima unión con Cristo, por eso es que nos damos el saludo de la paz (que no es la paz del ser humano sino la paz de Cristo) que nos prepara y predispone a la comunión.
Cuando hacemos la fila para comulgar el Cuerpo de Cristo y en muchas diócesis (ej. En los EEUU) también la Sangre de Cristo es un momento de silencio.  Este y los demás ocasiones de silencio son de vital importancia en nuestra Celebración Eucarística.  Claro esta no es tanto silencio exterior (ya que es casi imposible por distintas circunstancias) sino más bien silencio interior.  Este silencio interior debe ir acompañado de oración reflexiva y meditativa.  Como bien significa la palabra eucaristía, acción de gracia, eso es precisamente la naturaleza de nuestra oración en esos instantes de silencio.   El Rito de Comunión concluye con la Oración Postcomunión.  La Misa concluye con una oración de acción de gracias o eucarística por haber podido celebrar ese sacramento tan admirable.   La Iglesia exhorta que los fieles “puedan perseverar más fácilmente en esta acción de gracias, que de modo eminente se tributa a Dios en la Misa, se recomienda a los que han sido alimentados con la Sagrada Comunión que permanezcan algún tiempo en oración” (Eucharisticum Mysterium # 38).
Contrario a lo que muchas personas puedan pensar una vez se hace la Oración Postcomunión la Eucaristía no ha terminado.  Con el Rito de Conclusión somos enviados.  ¿Enviados a que? Podríamos preguntar.  Los primeros cristianos una vez concluida la Cena del Señor (nombre que se le daba a Eucaristía en ese entonces) eran enviados a evangelizar (en el pleno sentido de la palabra).  En otras palabras podemos decir que de la Misa salían a la Misión.  Hoy en día nuestra celebración de la Sagrada Eucaristía termina con la siguiente frase: “pueden irse en paz.”  Hay varios puntos que quisiera señalar.  Notemos que el sacerdote (o el diacono) nos dice que vayamos “en paz” recordemos ya estamos previamente en la paz de Cristo (si lo disponemos en nuestro corazón).   Mencione que vamos (o debemos ir) de la Misa a la Misión (nótese que escribo Misión con letra mayúscula ya una es tan importante como la otra).  Ambas (Misa y Misión) palabras tienen la misma etimología (origen de la palabra) que es el ser enviados.  Entonces… ¿Cuál es nuestra misión?  Si leemos el Evangelio de San Marcos encontraremos la respuesta.  Entonces les dijo: Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia (evangelio) a toda la creación.  El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará” (Mc. 16, 15-16).  Nuestra misión (de todos los bautizados) es simplemente evangelizar.  Las vocaciones (los llamados) van a ser distintas y variadas (matrimonio, sacerdocio, catequista, grupos juveniles, grupos apostólicos, etc.) pero la finalidad es solo una y es evangelizar.  No podemos pasar por alto que sea cual sea el llamado el mejor modo de evangelizar es con el testimonio vivo.
Querido lector(a) quisiera terminar este escrito con algo que nos dice Juan Pablo II sobre la Misa y la Misión.  Como los primeros testigos de la resurrección, los cristianos convocados cada domingo para vivir y confesar la presencia del Resucitado están llamados a ser evangelizadores y testigos en su vida cotidiana. La oración después de la comunión y el rito de conclusión —bendición y despedida— han de ser entendidos y valorados mejor, desde este punto de vista, para que quienes han participado en la Eucaristía sientan más profundamente la responsabilidad que se les confía. Después de despedirse la asamblea, el discípulo de Cristo vuelve a su ambiente habitual con el compromiso de hacer de toda su vida un don, un sacrificio espiritual agradable a Dios (cf. Rm 12,1)” Carta Apostólica Deis Domini (El día del Señor) # 45.  Espero que esto que nos enseña el Beato Juan Pablo II sea razón para la reflexión sobre este tan admirable Sacramento de la Eucaristía… así nos ayude Dios.
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Preguntas para el estudio y la reflexión:

¿Cómo las distintas formas en la que Cristo se hace presente en la liturgia (por ende los sacramentos)  nos ayudan a tomar mejor conciencia de la importancia de la liturgia y los sacramentos?

¿Cómo se integran tus dimensiones personal y comunitaria en la Eucaristía?

¿Las formas de Oraciones Judías (berakah) te ayudan a comprender mejor las Plegarias Eucarísticas?  ¿Qué importancia y significación tienen las Plegarias Eucarísticas (para ti)?

¿Es la Eucaristía centro y fundamento de tu vida espiritual?  ¿Cómo la Eucaristía y tu vida personal de oración están conectadas?
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Catequesis de Adultos es presentado a ustedes por este su hermano y servidor Daniel Cáliz. En la misma pretendo ofrecer recursos conforme a la enseñanza de la Iglesia Católica y por ende del Magisterio de la Iglesia. Esperamos que puedan sacar el mejor provecho del material disponible para la catequesis en especial para los adultos.  Recuerda que para conocer y recibir a Cristo nunca es tarde. 

Actualmente soy miembro de la Parroquia San José (St Joseph's Catholic Church) (Dalton, GA) desde el año 2000. Soy Ministro Extraordinario de la Sagrada Comunión. Además estoy muy involucrado en la Catequesis de Adultos en la parroquia. De igual forma, en la Pastoral Hispana dentro de la parroquia.

Además soy consultor para el Catholic.net en las áreas de catequesis y pastoral hispana en los Estados Unidos.

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