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Curriculum y Historial de Pastoral

CdeA (Catequesis de Adultos)

12 feb. 2016

Las Bienaventuranzas como guía del examen de conciencia…

Nos debemos preguntar ¿Por qué necesitamos del el examen de conciencia?  El alma que busca a Dios desde lo más profundo de su corazón debe sin duda reconocer la realidad oscura y dolorosa que causa en nosotros el pecado.

El Papa Benedicto XVI en su Viaje Apostólico a Austria le decía a los sacerdotes, religiosos, religiosas, consagrados y a todos los cristianos que es muy conveniente y apropiado hacer un examen de conciencia basado en las bienaventuranzas.  Para esto exponía que San Mateo en su evangelio explica “que la sola pobreza material, como tal, no garantiza necesariamente la cercanía a Dios, porque el corazón puede ser duro y estar lleno de afán de riqueza” (Viaje Apostólico de su Santidad Benedicto XVI a Austria con ocasión del 850 Aniversario de la Fundación del Santuario de Mariazell; septiembre 8 del 2007).
Esto me recuerda la célebre frase que Santo Domingo de Guzmán le dijo a sus superiores en el seminario antes de ser ordenado sacerdotes (y antes de fundar la Orden de los Predicadores, conocida como los dominicos): “no quiero estudiar sobres pieles muertas mientras que mis hermanos los hombres se mueren de hambre”.  Sin duda alguna aquí Domingo de Guzmán supo cumplir la bienaventuranza de la pobreza de espíritu.
La Iglesia siempre ha insistido de la gran necesidad que tenemos los cristianos de hacer examen de conciencia.  Muchos católicos piensan que hacer examen de conciencia es única y exclusivamente para cuando vamos a recibir el Sacramento de la Reconciliación.  Aunque muchos lamentablemente no saben que unos de los 5 pasos que conlleva el Sacramento de la Reconciliación es el examen de conciencia (este es el primer paso para recibir este sacramento).  La realidad es que esto no es así el examen de conciencia no es única y exclusivamente para el Sacramento de la Reconciliación.  La Iglesia recomienda hacer examen de conciencia al menos una vez al día.
En la oración oficial de la Iglesia, la cual ha sido practicada en la Iglesia desde sus mismos inicios, que es llamada la Liturgia de las Horas al finalizar la jornada del día  se reza las completas.  Esta oración es iniciada con un examen de conciencia.   La Iglesia como Madre y Maestra siempre ha reconocido que un examen de conciencia debe hacerse desde el silencio y no hay mejor momento que la noche donde los ruidos (en muchos lugares del mundo) se apaciguan y hacen el descanso nocturno mucho más viable.
Esta oración de las completas nos introduce (nos pide) al examen de conciencia de la siguiente forma: Hermanos, habiendo llegado al final de esta jornada que Dios nos ha concedido, agradezcamos sus dones y reconozcamos humildemente nuestros pecados”.  Luego de esta introducción al examen de conciencia esta oración de las Completas nos pide que hagamos un momento de silencio para poder hacer el examen de conciencia en aptitud (habilidad, talento & facultad) y actitud (proceder, condición & conducta) de oración y reflexiva.
Nos enseña San Agustín de Hipona que a cada bienaventuranza le corresponde uno de los  dones del Espíritu Santo.  Al hacer el examen de conciencia con las bienaventuranzas pidamos a Dios que nos conceda cada uno de los dones del Espíritu Santo que le corresponde a cada bienaventuranza.
Nos debemos preguntar ¿Por qué necesitamos del el examen de conciencia?  El alma que busca a Dios desde lo más profundo de su corazón debe sin duda reconocer la realidad oscura y dolorosa que causa en nosotros el pecado.  La Palabra de Dios tanto en al Antiguo Testamento como el en Nuevo nos presentan muchos testimonios de personas que ante la búsqueda sincera de Dios (muchas veces sin ellos mismo saberlos) supieron reconocerse pecadores y querer salir de esa condición dolorosa.
“En realidad no sabemos cómo perdonar hasta que experimentamos lo que es ser perdonado.  Por lo tanto debiéramos estar felices de que podamos ser perdonados por los demás.  Es el perdonarnos los unos a los otros lo que hace que se manifieste el amor de Jesús en nuestras vidas, ya que al perdonarnos los unos a los otros hacemos por los demás lo que Él hizo por nosotros” (Thomas Merton).
Ese encuentro con Aquel que nos enfrenta amorosamente ante nuestra propia realidad del pecado es lo que nos hace reconocer nuestra realidad pecaminosa y querer salir y ser sanada de ella.  Por eso como dicen algunos autores espirituales hay examen de conciencia que nos deben hacer llorar pero no tanto físicamente sino en el alma por reconocerse por tanto tiempo privada de Dios.
Hay muchas cosas externas que tienden a quitarnos o disfrazar la realidad del pecado.  La mercadotecnia y los medios de comunicaciones han contribuido grandemente a esto que acabo de mencionar.
Además de esto es de vital importancia educar o formar la conciencia.  Hay cosas en esta vida que jamás y nunca pueden ser relativas.  Entre estas están la realidad de Dios, el bien y el mal o sea la moralidad.  Lo que está bien está bien y lo que está mal está mal en cuanto lo que es bueno y es malo no hay términos medios.  De forma similar los cristianos estamos llamados estamos a ser frio o caliente y no se vale término medio porque lo tibio el Señor dice que lo vomitara (ver Apocalipsis 3, 15-16).
Quisiera ahora ir reflexionado en cada una de las Bienaventuranzas en el Evangelio de San Mateo (ver Mt. 5, 1-12) y de esta forma las podamos usar en nuestro examen de conciencia.  Pero antes de eso es muy conveniente una serie de cosas necesarias al momento de hacer un examen de conciencia.  Primero debemos pedir la asistencia del mismo Espíritu Santo para que con su amor y su gracia, Este nos mueva a reconocer nuestros pecados y mayor aun nos dé el arrepentimiento autentico sincero y real.
Uno de los mayores problemas del cristiano es que no solemos ver el arrepentimiento (y por ende la conversión) como un don.  Como don que es debemos pedirlo al mismo Espíritu Santo.  Cuando estamos comenzando en la vida de conversión cristiana el examen de conciencia es muy recomendado hacerlos con los Mandamientos de la Ley de Dios.  Luego que vamos progresando en la conversión y en los dones y frutos de Dios ya sería más conveniente usar las Bienaventuranzas para nuestro examen de conciencia.
El propósito fundamental de las Bienaventuranzas es hacernos parte integral y fundamental del Reino de los Cielos o Reino de Dios.  El “Doctor de la Gracia” o sea San Agustín expone esto magistralmente: “Un solo premio que es el Reino de los Cielos se designa de varias maneras. En el primero está colocado el Reino de los Cielos, que es el principio de la sabiduría perfecta. Como si dijera: ‘El principio de la sabiduría es el temor de Dios’ (Sal 110, 10)” (San Agustín de Hipona).
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos (Mt. 5, 3). 
Esta sin duda es una de las bienaventuranzas más importante para los cristianos.  Cumplir esta bienaventuranza es cumplir a su plenitud el primer mandamiento y el que le sigue a este (ver Mt. 22, 37-40)  el de amar a nuestro prójimo.  Cuando leemos las Bienaventuranzas en San Lucas (ver Lc. 6, 20-26) veremos que este solo habla de los pobres en cosas materiales.  Como mencionaba al principio el Papa Emérito Benedicto XVI aclaraba que Mateo va más allá y nos deja ver que la pobreza material no es suficiente para salvarnos.  ¿Qué nos deja ver esto?  Que sin importar nuestra condición social todos los cristianos estamos llamados a acoger y socorrer es a los hermanos en especial aquellos más necesitados y marginados.  Esta bienaventuranza nos debe llevar a la expresión máxima de la caridad (amor hecho acción) fraterna de a ejemplo de Cristo Jesús darnos en gesto y acto oblativo.
Lo contrario a la pobreza de espíritu es el egoísmo, autosuficiencia, el individualismo, la ambición, la avaricia, etc.  ¿Qué causa esto?  Sin duda alguna el mismo pecado, que nos hace pensar y creer que podemos hacer todo y tener todo en esta vida sin Dios.
A esta primera bienaventuranza le corresponde el don de temor de Dios.  Hay que aclarar que aquí no se habla de miedo a Dios sino más bien una disposición especial que nos hace reconocer que Dios es nuestro Padre y que nos ama infinitamente.  Al reconocer esto sabemos y reconocemos que ofender a Dios debe estar fuera de cualquier opción y acción nuestra.  El temor de Dios nos hace reconocer con todo nuestro corazón y nuestro ser lo que el Acto de Constricción dice: “me pesa haberte ofendido porque eres infinitamente bueno y digno de ser amado”.
Preguntas que nos podrían ayudar a la reflexión de esta bienaventuranza.  ¿Cuán perfecto es mi amor hacia Dios?  ¿Cuánto podría mejorar? ¿Cuán perfecto es mi amor hacia el prójimo?  ¿Cuánto debe mejorar?  ¿Cuán paciente soy en el momento de la prueba y que toca ayudar a los demás?
Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra en herencia (Mt. 5, 4).
“Los humildes heredarán la tierra y será grande su prosperidad” (Salmo 37, 11).  Desde pequeño he escuchado la expresión que dice que: “ser humilde o manso no es ser tonto”.  ¿Por qué digo esto?  Porque lamentablemente se suelen confundir los términos. 
El Papa Francisco lo acaba de expresar muy bien en una de sus homilías de Casa Santa Marta.  “El único camino para la humildad es la humillación. La finalidad de David, que es la santidad, viene a través de la humillación. El fin de la santidad que Dios regala a sus hijos, que regala a la Iglesia, viene a través de la humillación de su Hijo, que se deja insultar, que se deja llevar sobre la Cruz, injustamente… Y este Hijo de Dios que se humilla, es el camino de la santidad. Y David, con su actitud, profetiza esta humillación de Jesús” (Homilía Papa Francisco; febrero 2, 2016).
Sabemos que ante cualquier situación de injusticia tenemos nuestros derechos.  Pero al ver a Jesús como ejemplo máximo esta bienaventuranza (al igual para todas las demás) somos animados a imitarlo en esta bienaventuranza (y en todas las demás).  Lo contrario a la mansedumbre es la rebeldía, el orgullo, o la intransigencia.
A esta bienaventuranza le corresponde el don de piedad“A los mansos, se concede la herencia del reino de los cielos como testamento de un padre hacia los que le buscan con piedad” (San Agustín de Hipona).  Este don hace que nos abandonemos en Dios nuestro Padre Celestial.  Nos lleva a una confianza plena en Dios quien es Amor Infinito.  La piedad nos debe mover a la koinonía o sea al servicio a los demás.  El don de piedad hace que nuestra caridad fraterna se perfeccione.   Lo contrario a este don es de piedad es la dureza de corazón, que proviene de un desordenado amor a sí mismo.
Nos debemos preguntar: ¿Cuántas veces me muestro contrario a la mansedumbre?  ¿Cuántas veces no sabemos dominar nuestra alma y nuestro ser y no sabemos cumplir esta bienaventuranza?  ¿Le pido a Dios que me moldee según esta bienaventuranza?  Jesús nos dice: “Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré.  Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso.  Pues mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt. 11, 28-30).
Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consuelo (Mt. 5, 5).
¿Qué es el sufrimiento y qué implica para el cristiano?  El sufrimiento es la sensación motivada por cualquier condición que someta a un sistema nervioso al desgaste.  Pero este abarca mucho más que lo físico.  El sufrimiento nos ataca emocional y hasta espiritualmente.  El sufrimiento puede ser causado por el temor, la frustración y con el no querer o no poder hacer.   Muchas veces los que sufrimos necesitamos de un consuelo.  Es aquí que entra el llorar (física y hasta espiritualmente) como signo de ese consuelo que esperamos o estamos buscando.
“Dios es infinitamente bueno y todas sus obras son buenas.  Sin embargo, nadie escapa a la experiencia del sufrimiento, de los males en la naturaleza —que aparecen como ligados a los límites propios de las criaturas—, y sobre todo a la cuestión del mal moral. ‘¿De dónde viene el mal?  Buscaba el origen del mal y no encontraba solución’ dice San Agustín (Confessiones, 7, 7.11), y su propia búsqueda dolorosa sólo encontrará salida en su conversión al Dios vivo.  Porque ‘el misterio de la iniquidad’ (2 Ts. 2, 7) sólo se esclarece a la luz del ‘Misterio de la piedad’ (1 Tm 3, 16)” (cf. CIC # 385).
Al igual que la muerte, el dolor y el sufrimiento son consecuencias del pecado.  Dios de la misma forma que no quiere nuestra perdición  tampoco quiere el dolor y el sufrimiento.  Es sumamente injusto querer achacarle a Dios ser la causa del dolor y del sufrimiento.  Estos son contrarios a la misma esencia de Dios.  Pero a pesar de eso, El en su Palabra, nos promete que enjugara nuestras lagrimas (ver Ap. 7, 17; 21, 2-4).  Por eso Dios se encarnó para conocer nuestras miserias y para ser solidarios con nosotros.  Es por eso que para nosotros los cristianos el dolor y el sufrimiento pueden tener un significado y sentido redentor y salvífico.
“El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres.  Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia” (CIC # 386).
San Pablos nos propone varias aptitudes de la vida cristiana que entre las cuales incluye llorar con los que lloran.  “Bendigan a quienes los persigan; bendigan y no maldigan.  Alégrense con los que están alegres, lloren con los que lloran.  Vivan en armonía unos con otros.  No busquen grandezas y vayan a lo humilde; no se tengan por sabios” (Rm. 12, 14-16).
El don del Espíritu Santo que corresponde a esta bienaventuranza es el don de ciencia“A los que lloran se les ofrece el consuelo como conociendo lo que han perdido, y en qué cosas han tomado parte” (San Agustín de Hipona).  Este don nos hace ver las cosas desde la perspectiva de Dios.  Por el don de ciencia descubrimos la hermosura, majestuosidad, y dignidad de este mundo visible el cual al ser creación divina es también reflejo del mismo Dios.  “La ignorancia de Dios siempre manifiesta en los hombres una falla esencial.  Todo lo que admiran por su valor no los llevó a conocer al Que Es.  ¡Se quedaron con las obras y no reconocieron al Artesano!” (Sabiduría 13, 1).
Como cristiano ¿cuán dispuesto estoy a consolar a los que lloran y sea en lo físico, emocional y hasta en lo espiritual?  ¿Cuánto oro e intercedo ante Dios por aquellos que yo sé que están en situaciones difíciles?  ¿Soy motivo de llanto y dolor para los míos y para otros?
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados (Mt. 5, 6). 
¿De qué hambre y sed se nos habla aquí?  La Biblia tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento vemos que se nos mencionan a hombres justos.  Que implica este tipo de hombre justo.  Veamos el caso de San José el esposo de María Santísima que nos dice “que era un  hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto” (Mt. 1, 19).  Justo en la Palabra de Dios se refiere a que era una persona que buscaba a realizar lo que Dios le agrada, o sea justo aquí es en cierto modo sinónimo de santidad.  Por lo tanto esta bienaventuranza nos habla de la justicia divina que es diametralmente distinta a la justicia humana.
La justicia divina es la que nos dará acceso al Reino de Dios que es justicia, paz y gozo (ver Rm. 14, 17) en el Espíritu Santo.  El Espíritu Santo, como ya he dicho otras veces, es el Amor entre el Padre y el Hijo y viceversa.  Por esta razón hay que distinguir que la justicia divina siempre (y siempre aquí significa SIEMPRE) comienza con el Amor.
El don que corresponde a esta bienaventuranza es la fortaleza ya que para ser justos y querer obrar siempre en justicia hay que ser fuertes.  “A los que tienen hambre se les ofrece la saciedad, como premio que alienta a trabajar por la eterna salvación” (San Agustín de Hipona).  Es por eso que un débil nunca podrá ser justo.  Pero este don, como todos los dones, hay que pedirlo en oración.  Lo contrario a la fortaleza es la debilidad, la flaqueza y la inconsistencia.
¿Cuánto esfuerzo realizo en ayuno, oración, vida sacramental y en dirección o acompañamiento espiritual hago por tener hambre y sed de justicia (justicia de Dios)?  ¿Ayudo y motivos a otros en la comunidad (en mi familia) a querer vivir en hambre y sed de justicia?  Mi testimonio de vida cristiana ¿ayuda y motiva a otros (familia, comunidad, etc.) a vivir en la justicia divina?
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzaran misericordia (Mt. 5, 7).  
Todas las bienaventuranzas son el autorretrato de Jesucristo de eso no creo que haya duda alguna.  Esta bienaventuranza en particular nos muestra el rostro de Cristo en su más pura y realista intimidad de su ser.  Los evangelios nos muestran el rostro misericordioso de Jesús una y otra vez.
San Lucas nos presenta el relato del fariseo y la mujer pecadora (ver Lc. 7, 36-50).  Estando cenando en casa del fariseo Simón una mujer pecadora le enjugo y derramaba a los pies del Señor un perfume que esta tenía.  Al ver esto el fariseo comenzó a murmurar (interiormente): “Si este hombre fuera profeta, sabría que la mujer que lo está tocando es una pecadora, conocería a la mujer y lo que vale” (Lc. 7, 39).
Entonces Jesús que conocía el corazón del hombre le narra una parábola de un prestamista que tenía dos deudores uno le debía más (quinientas monedas) y el otro le debía menos (cincuenta monedas).  A estos como no tenían con que pagarles se le perdono a ambos sus respectivas deudas. 
Jesús le pregunto a Simón el fariseo: “¿Cuál de los dos lo querrá más?” (Lc. 7, 42).  Contestando el fariseo al que se le perdono más a lo que Jesús le dijo has juzgado bien. 
Jesús le decía al fariseo cuando entre a tu casa no me ofreciste agua para lavar mis pies.  Esta mujer, en cambio, me los lavo con sus lágrimas y me los ha secado con sus cabellos.  Tú no me recibiste con un beso mientras que ella me ha colmado los pies de besos.  No me ungiste la cabeza con aceite ella derramo su perfume en mis pies.
Por todo eso que hizo la mujer pecadora se le perdonaron sus numerosos pecados por el mucho amor que ha mostrado.  Y sin temor a equivocarme con un gran rostro misericordioso Jesús le dijo a la mujer “tus pecados te son perdonados” (Lc. 7, 48).  Aquí surge de nuevo murmurar diciendo “ahora pretende perdonar los pecados” (Lc. 7, 49).  Pero sin hacer caso a tal murmuración le dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz” (Lc. 7, 50).
Aquí podemos ver que la misericordia es sinónimo de amor.  Te exhorto a que leas la reflexión ¡La misericordia como definición del amor! En esta explico podemos definir la misericordia como amor.  La misericordia podríamos decir que es el corazón del amor.
A esta bienaventuranza de la misericordia le equivale el don de consejo.  “A los misericordiosos se les ofrece misericordia, porque usan del mejor consejo para que se les ofrezca lo que ellos ofrecen” (San Agustín de Hipona).  Por su definición o lo que implica ser el don de consejo veremos que este está sumamente relacionado a los dones de ciencia, entendimiento y sabiduría.  En este don actuamos por medio de la prudencia y el Espíritu Santo nos ayuda y nos inspira cuales son los medios más adecuados de una determinada acción en nuestra vida.  Cuando tenemos este don notaremos que tendremos una paz que al instante sabremos reconocer que no es algo humano sino que proviene del mismo Dios.  Lo contrario a este don seria la perturbación, la confusión, el desconcierto y el caos.   
Algunas preguntas para la reflexión en esta bienaventuranza.  ¿Causa efecto de la misericordia de Dios en mi vida?  ¿Cómo me reflejo ante la Misericordia de Dios?  ¿Puede haber misericordia sin la verdad y sin la justicia?  Estas además de ser preguntas que nos ayudaran en el examen de conciencia son además reflexiones que pueden leer en mi blog.  ¿Me dedico a orar y le pido a Dios de todo corazón su misericordia amorosa?   ¿Obro en misericordia a ejemplo de Cristo con los demás?  ¿Mi testimonio de vida cristiana está conforme a la misericordia divina?  ¿Me mueve y me inspira la misericordia de Dios a recibir los sacramentos en especial el Sacramento de la Reconciliación?
Bienaventurados los limpios de corazon porque ellos verán a Dios (Mt. 5, 8).
Cuando nacemos a esta vida corporal nuestra alma no está limpia del todo.  ¿Por qué?  La Iglesia nos enseña que todos los seres humanos hemos nacido con la mancha del pecado original.  Pero ya desde los inicios de la Creación Dios pone en nuestro corazón unas huellas que nos encaminan a la fe y a la esperanza (ver Gn. 3, 15).     
“La doctrina del pecado original es, por así decirlo, ‘el reverso’ de la Buena Nueva de que Jesús es el Salvador de todos los hombres, que todos necesitan salvación y que la salvación es ofrecida a todos gracias a Cristo. La Iglesia, que tiene el sentido de Cristo (cf. 1 Cor 2,16) sabe bien que no se puede lesionar la revelación del pecado original sin atentar contra el Misterio de Cristo” (CIC # 389). 
Por eso San Pablo nos dirá que: “Así pues, como el delito de uno trajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno procura a todos la justificación que da la vida.  En efecto, así, como por la desobediencia de un hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno todos serán constituidos justos” (Rm. 5, 18-19).  Es con el Sacramento del Bautismo que se nos restaura esa limpieza de corazón, y con esta (limpieza de corazón) se nos da la gracia y los dones del Espíritu Santo.
Los limpios de corazón se ven compaginados con el don del entendimiento“A los limpios de corazón la facultad de ver a Dios como a los que tienen ojo limpio para entender las cosas eternas” (San Agustín de Hipona).  “La catarata es la opacidad parcial o total del cristalino. La opacidad provoca que la luz se disperse dentro del ojo y no se pueda enfocar en la retina, creando imágenes difusas” (Wikipedia).  En esta definición de lo que es una catarata.  Pero me quisiera enfocar en esta última frase “creando imágenes difusas”.  Eso es lo que sucede cuando no poseemos este don se crea una imagen difusa en nuestra alma y todo nuestro ser porque no estamos debidamente encaminados.  Lo contrario a este donde sería la insensatez (humana y espiritual), la imprudencia, la contradicción, etc.
¿Puedo reconocer que mancha nuestra limpieza o pureza de corazón?   ¿Ayudo a otros a vivir en esa limpieza de corazón?  ¿Es mi testimonio de vida cristiana motivación para que otros se adhieran a la Iglesia y quieran ser limpios de corazón?  ¿Estoy consciente que el vivir ausente de la limpieza de corazón me puede costar el Cielo?  ¿Una vez que se (bajo examen de conciencia) que he caído busco por medio la reconciliación con los hermanos y con el Sacramento de la Reconciliación restaurar la limpieza de corazón que Cristo me pide para el combate espiritual?
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mt. 5, 9). 
En nuestra liturgia del Rito Latino Ordinario (forma de celebrar la Eucaristía) el presbítero nos dice: “La paz les dejo, mi paz les doy” (ver Jn. 14, 27a).  La Iglesia en su Misal Romano prosigue esta oración: “no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad.  Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos” (cf. Jn. 14, 27; Misal Romano).  Continua este texto diciéndonos: “No se turbe su corazón ni se acobarde” (Jn. 14, 27b).
¿Por qué Jesús nos dice eso?  Como mencione previamente cuanto sufrimiento, cuanto dolor y cuanta miseria en este mundo, la verdad mucha.  Pero cuando tenemos a Cristo y su Espíritu Santo cualquier situación como esta se hace arena ante poder del Dios Altísimo.
Yo como militar que fui aquí en EEUU vi y supe de muchos tratados de paz.  Pero estos tratados de paz sin Cristo son tratados vacíos como lo es una campana.  La Paz de Cristo toca las fibras más íntimas de nuestra alma y nuestro ser.
A esta bienaventuranza le corresponde el don de  la sabiduría“A los pacíficos se les concede la semejanza de Dios. Todas estas cosas pueden cumplirse en esta vida, así como sabemos que se cumplieron con los Apóstoles, porque lo que se ofrece después de esta vida no puede explicarse con palabras” (San Agustín de Hipona).  ¿Qué es el don de la sabiduría?  En simples palabras (y como ha dicho el Apologista Católico Frank Morera) la sabiduría es apoderarse de los hábitos (métodos, costumbres, conductas, destrezas, atributos) de Dios.  Sin duda alguna la paz es uno de los muchos atributos o hábitos de Dios.  Hay que aclarar que la sabiduría como don divino no tiene que ver nada con la inteligencia humana.  Ya que hay muchas personas que son muy brillantes (inteligentes) pero no tienen los hábitos de Dios.
¿Cuándo escucho esta oración proclamada por el sacerdote sobre la paz de Cristo el domingo en la Eucaristía me la llevo para mi hogar para vivirla con la familia?  ¿Me la llevo para mi trabajo y los demás ambientes donde yo tránsito y motivo a otros también a ser partícipes de esta Paz que Cristo Jesús nos da?   ¿Cuándo la gente me ve ya sea de compras, en restaurant, el cine, etc. se nota que vivo y respiro esa paz de Cristo?
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos (Mt. 5, 10). 
En estos dos últimos siglos (XX & XXI) has habido más mártires que los que hubieron en los primeros 4 siglos de la Historia de la Iglesia.  Sin duda alguna esta es una cifra alarmante.  Tanto los mártires de los primeros siglos como los actuales han llevado a cabo esta bienaventuranza ya que estos han sido los testigos que han reforzado la Nueva Alianza del Amor de Cristo Jesús que ha sido y sigue siendo custodiada por la Iglesia.
Cuantas veces nos han criticado porque estamos comprometidos con Cristo y con la Iglesia quizás algo fuera de lo común.  Hay una expresión que dice que “las cosas grandes y complicadas comienzan con detalles pequeños y simples”.   Si para las cosas buenas y santas esto es una realidad lamentablemente para las cosas malas y pecaminosas también lo es.  Una simple critica a nuestra fe y compromiso cristiano parecerá algo insignificante pero podría convertirse en la más grande de las persecuciones.
¿Qué don del Espíritu Santo equivale a esta bienaventuranza?  Yo diría que todos en algún que otro grado le correspondería pero el que más le correspondería seria el don de la fortaleza.   La fortaleza un hábito sobrenatural que fortalece al cristiano para que, por obra del Espíritu Santo, pueda ejercitar las virtudes heroicamente y de esta forma poder superar con invencible y victoriosa confianza todas las aflicciones y dificultades que se presentan y nos ponen a prueba.  Contrario a la fortaleza (además de las que mencione previamente) sería el sucumbir o ceder la presión, flaquear y hasta renunciar a la fe.
En los primeros siglos de la historia de la Iglesia los que sucumbían y adjudicaban a su fe cristiana eran llamados “lapsi” que es una palabra latina que significan “los que han tropezado”.  Esta era una apostasía meramente cristiana y de carácter temporal.  Hoy en día tú y yo podríamos ser unos lapsi por eso debemos pedir en oración este don de la fortaleza al igual que todos los dones.
Esta bienaventuranza no puede ser entendida desde la perspectiva humana.  Para que esta pueda ser entendida es necesario tener una meta eterna cuya meta sea la culminación del Reino de Dios.  Para lograr esto es necesario que nuestras acciones y nuestro diario vivir estén marcados por el Amor de Dios.  Entonces las dificultades, la persecución, el sufrimiento no solo son consecuencias del pecado sino que adquieren un valor redentor que sobrepasan y trasciende por mucho a las consecuencias del pecado, y de esta forma queda ratificado por la Encarnación del Señor y obediencia y subordinación del Hijo hacia el Padre.
¿Cuán fuerte o débil soy en mi vida espiritual, ya sea personal o familiar y comunitariamente?  ¿Cómo voy trabajando para ir creciendo y madurando en la fe?  ¿Cómo es mi vida sacramental?  ¿Cómo es mi vida de oración?  ¿Le pido a Dios sus dones?

Espero que esta reflexión les sea de gran ayuda espiritual.  Además que nos ayude en nuestro examen de conciencia para cada día ir creciendo en el Amor, la Justicia, la Paz y todos los atributos y hábitos de Dios.  Creciendo en todo esto también creceremos en santidad.  ¡Que así nos ayude Dios y su Espíritu Santo!
¡Santa María Madre de los Bienaventurados ruega por nosotros!
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Catequesis de Adultos es presentado a ustedes por este su hermano y servidor Daniel Cáliz. En la misma pretendo ofrecer recursos conforme a la enseñanza de la Iglesia Católica y por ende del Magisterio de la Iglesia. Esperamos que puedan sacar el mejor provecho del material disponible para la catequesis en especial para los adultos.  Recuerda que para conocer y recibir a Cristo nunca es tarde. 

Actualmente soy miembro de la Parroquia San José (St Joseph's Catholic Church) (Dalton, GA) desde el año 2000. Soy Ministro Extraordinario de la Sagrada Comunión. Además estoy muy involucrado en la Catequesis de Adultos en la parroquia. De igual forma, en la Pastoral Hispana dentro de la parroquia.

Además soy consultor para el Catholic.net en las áreas de catequesis y pastoral hispana en los Estados Unidos.

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